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La Coctelera

Categoría: Cuentos

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Un encuentro aterrador

Todavía no logro reponerme de tan amarga experiencia, el miedo recorre mi cuerpo, parece ser que ahora es un componente de mi sangre y recorre todo mi ser, de los pies a la cabeza el miedo me ha poseído. Hace que mi estómago se ponga tenso y mi cuerpo sufra de pequeñas tembladeras que, cuando huí de lo que pudieron ser mis últimas horas de vida, fueron incontrolables y mi hablar casi ininteligible.

Ahora, cuatro horas con cuarenta minutos después de tan terrorífica experiencia, mientras escribo estas líneas, no puedo dejar de pensar en lo que me pudo haber pasado. Quizás ahora estaría en una zanja de Ate Vitarte a donde fui por voluntad propia, por seguir la maldita necesidad de satisfacerme sexualmente sin ningún costo y con el afán de pasarla bien, con una persona que nunca había visto. Quizás mañana hubiera sido noticia en los noticieros matutinos: un cadáver habría sido encontrado a tempranas horas de la mañana en una zanja de Ate Vitarte, aparentemente fue asaltado y, al ofrecer resistencia, lo apuñalaron incontables veces hasta dejarlo agonizando en un lugar desolado.

Me dijo que lo espere en el óvalo de Santa Anita, él vivía a dos cuadras de ese lugar. Cuando tomé el carro para ir al encuentro me llama para confirmar que estoy yendo, le digo que en aproximadamente 30 min estoy legando, me dijo que lo espere en la esquina del KFC. Está bien le dije, le pregunté además si había comprado preservativos y me dijo que sí.
Se llama Daniel, o eso me hizo creer. Lo contacté en el chat, luego le di mi correo electrónico y empezamos a conversar en el Messenger, intercambiamos fotos y hasta nos vimos por la cámara web, dijo que tenía 19 años, aunque parecía de menos me gustó más que los otros dos que pretendían lo mismo que él: simplemente ser amantes por unas horas. Lo escogí a él porque, aparte de su físico y su muy apetitoso miembro que me mostró por la cámara, me propuso hacerlo en su casa y no en un motel como me dijeron los otros dos. Yo acepté.

Estaba esperándolo en la esquina que habíamos quedado, pero él, no llegaba, lo llamo y le pregunto en dónde está, me dice que llega en 15 minutos que lo espere porque no tardaba, le reclamo diciéndole que ya debía estar acá porque le dije que yo llegaba en 30 minutos, aunque llegué en menos tiempo. Decidí esperarlo y cuando lo vi, al cabo de 25 minutos, me pareció ver a mi primo de 16 años, nos saludamos y luego de un momento mientras caminábamos a tomar el carro para ir a su casa le dije que me dijera su verdadera edad, se ríe e insiste en sus 19 años luego de haberme comentado por qué llegó tarde, aludiendo a un problema con sus mamá por unas notas de su libreta. Ya en el carro volví a insistir en su edad diciéndole que porqué a sus 19 años tenía un problema con sus notas en la libreta escolar, por Dios, era una farsa. Me dijo que su verdadera edad era 17, automáticamente le pregunto su año de nacimiento y me dice que nació en el 92 (año exacto), pero le dijo que es mentira y me dice 91 y luego que no que en el 90. Realmente estaba sorprendido, no quería que supiera su verdadera edad.

De repente pensé que estaba cometiendo un delito, que el niño éste era colaborador de los policías y que me metería en problemas si me acostaba con él. Luego de aproximadamente 15 minutos en el carro y, haber pasado por una pollería “Kelly´s” nos bajamos y caminamos hasta un parque donde esperamos a que su hermano salga de su casa para poder entrar, le pregunté en dónde vivía y me dijo que a dos o tres paralelas, señalando una casa con una mano y otra con la mano derecha. Hizo unas dos llamadas y, luego de 7 u 8 minutos me dijo que ya podíamos ir.
Levantó la mano y un mototaxi azul se nos acerca pero, otro, amarillo, le gana y nos alcanza primero pero, Daniel escoge el azul, se acerca al conductor y le dice “hasta Santa Marta” y sin más, subimos, sin haber escuchado el precio nos adentramos en la moto y seguimos el camino. La moto la conducía un señor con barba y a su lado, en un asiento improvisado, estaba un joven delgado.

Mientras íbamos en la moto, el día se hacía noche y la conversación no me hizo dar cuenta de por dónde íbamos, de un momento a otro veo que la moto entra a un camino de tierra solitario, no veía a las personas, el alumbrado público era escaso y al final del camino vi una pared enorme, parecía un camino sin salida, le pregunté a Daniel a dónde íbamos, me dijo que a su casa, que claro no era un lugar elegante ni mucho menos, pero que de todos modos la íbamos a pasar bien. Me relajó un poco, pero pensé en cuáles eran las posibilidades de que me pase algo y me encomendé a Dios. La moto iba por caminos similares giraba y giraba y nunca salíamos a una pista donde por lo menos pudiera ver a personas que no estuvieran embriagados en cantinas clandestinas o tirados en el terral, que era lo que de vez en cuando veía mientras la moto seguía su camino, luego de un momento vi a una familia y algunas casas por lo que me calmé un poco, le dije a Daniel que ya habíamos pasado más de tres cuadras, por qué no llegábamos; resolvió una explicación tonta y me hizo sospechar, cuando giramos a la izquierda le dije que no me sentía bien que preferiría bajarme, me dijo que faltan dos cuadras que ya llegamos, sonrió y me dijo que no piense mal, que no me iba a pasar nada qué te va hacer un chibolo como yo y me tocó la pierna como para que me calmara, pero fue inútil.

Insistí en bajarnos y seguir a pie si solo faltan dos cuadras prefiero seguirlas a pie y en moto, le dije además que nos bajemos y que yo pagaría pero que no me sentía bien de seguir en la moto, me dijo que no, que ya llegábamos. Nos bajamos o me tiro, tengo miedo y no quiero sentirme así, bajemos le dije mientras vi que al lado derecho habían unas personas en una bodega a la luz de una vela, esperé a que la moto llegue a la esquina donde, al girar, bajaría la velocidad y yo saltaría. Le tomé de la mano y dije que saltemos, lo jalé y él se resistió y trató de que yo no saliera, ya abajo corrí gritando que me quieren robar hacia las personas que metros atrás estaban en la pequeña bodega, cuando salté de la moto vi otra moto de color rojo que seguía el mismo camino y también tenía a un copiloto que pareció iba a saltar, no sé si para ayudarme o cogerme. Mientras yo corría, la moto azul en la que venía, luego de parar unos segundos siguió su camino hacia la derecha, pero la moto roja quiso girar a mi encuentro por lo que concluí que si su copiloto saltaba no era para ayudarme, sino todo lo contrario, pero al ver que las personas de esa pequeña tienda se iban asomando para ver lo que sucedía desistieron y se fueron por el mismo camino en que iba Daniel, quien iba a ser mi amante ocasional.

Llegué a estas personas de la bodega y les expliqué casi todo, me dijeron que no tome las motos ilegales. El problema era que no sabía cuáles eran, no conocía nada de ese sitio. En ese momento cabos sueltos y me sorprendí de mi inacción, de mi siempre malintencionado pensar sobre la gente. Esta vez de tener un encuentro fortuito con una persona a la que consideraba apetecible me segó y no pude darme cuenta de muchas pistas.

En primer lugar, Daniel, me dijo que vivía a dos cuadras de óvalo de Santa Anita, aún así subimos a un carro que nos llevó a Ate Vitarte. No le pregunté nada a pesar de que mientras lo espera en la esquina del KFC meditaba sobre por qué demoraba tanto si vive a unas cuadras. Luego en el parque me dijo que vivía a unas paralelas de donde estábamos, aún así, sin pensarlo subimos a un mototaxi azul. Sobre el mototaxi tengo que decir que éste estaba en la esquina, estacionado, como esperando la orden de Daniel. Por qué no subimos a la moto amarilla que llegó antes, era evidente: los que conducían la moto azul eran sus cómplices. Luego en la moto, ya habíamos avanzado más de 5 cuadras y no le pregunté nada, simplemente no me di cuenta de que me había mentido cuando dijo que vivía a unas cuantas paralelas y, cuando entramos en el camino de tierra y le pregunté a dónde íbamos, me dijo que a su casa a unas dos cuadras más allá, le pregunté si ellos sabían y me dijo que sí, llegamos a Santa Marta siempre por el mismo camino vociferó, como para que escuchar los que conducían. Éstos bajaron el volumen estridente de su radio a pilas, fue entonces cuando sospeché de los chicos que manejaban la moto porque cuando Daniel les dijo que lo llevaran a Santa Marta, éstos no le dijeron el precio ni nada. Noté que Daniel intentaba desesperadamente pero, de forma casi natural, hacerme conversación sobre cualquier tema, yo casi no lo escuchaba, estaba aterrado. Fue después de avanzar unas cuantas cuadras más que salté de la moto.

Definitivamente esa experiencia me ha hecho reflexionar sobre la vida y la muerte, sobre lo cuan estúpido puede ser uno cuando tiene la sangre caliente y quiere satisfacerse sexualmente para relajarse y quiere hacerlo sin complicaciones. Mi vida ya no es la misma.

Espero que tú, quien lee estas líneas pueda tomar en cuenta este relato y obtengas de él un mensaje positivo frente al mal actuar del protagonista.

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Un desbande atroz (terminado)

El ambiente era frio, como suelen ser los inviernos de Lima. Desperté en un cuarto con las cortinas cerradas que permitían el paso de solo algunos rayos de luz a las 9am. Para mí las 9 de la mañana era temprano, muy temprano, pues recién despertaba y consideraba que aquellos eran los primeros. Al abrir los ojos vi una cortina verde con bobos blancos y antiguos que me hicieron recordar la sala de mi abuela, cerré los ojos y los sobé fuertemente para que se me quitara la agobiante somnolencia, al abrirlos me vi reflejado casi desnudo, con los labios hinchados, en calzoncillos y con medias blancas, en un espejo enorme de forma ovoide sobre la cama, una cama de resortes antiguos que chillaban con tan solo apoyarme en un lado, el colchón húmedo y dos almohadas duras como una piedra cubiertas por una tela casi transparente que me hicieron recordar al papel de arroz que envuelven los dulces que te regalan en los chifas cuando pagas la cuenta. Delante de la cama estaba la puerta del baño con una rajadura en la parte inferior que, por las condiciones en que el cuarto estaba no dudé en suponer que fue hecho por algunas ratas, las paredes del cuarto tenían un color oscuro que hacía más triste el ambiente. Al lado derecho de la cama estaba una especie de cómoda donde pude ver mi ropa, al lado una mochila negra que estaba sobre otro montículo de ropa que, obviamente no era mío. Cuando intenté levantarme de la cama fracasé y caí, la cabeza me daba vueltas y, sentí nauseas. En el segundo intento escuché una voz que dijo que necesitaría ayuda.

Volteé a la izquierda y vi a Diego, sentado en una silla de madera, sin polo, en bóxer, con medias blancas, una cadena de oro en el cuello y un poco más abajo, en el pecho, tenía un rasguño largo, al parecer provocado por las uñas de alguien, tenía un cigarro encendido en la mano. Era extraño que no oliera el humo. Diego era la última persona que recuerdo haber visto casi al término de la fiesta en la discoteca y supongo era el término porque no volví a abrir los ojos hasta hoy en este cuarto apestoso e inmundo. Esa discoteca era siempre el punto de encuentro de todos mis amigos del barrio y de la universidad, era el mes de julio y habíamos terminado un ciclo más, como es costumbre decidimos celebrarlo el sábado, día que coincidía con el cumpleaños de Aurora, amiga del barrio. Recuerdo que estábamos bailando y tomando sin parar, también recuerdo que recordé que era un mal bebedor y siempre hacía el ridículo pues solo seguía mis instintos: me peleaba con cualquiera y bailaba hasta caer al suelo, no reconocía a las personas y lo peor de todo era que cuando parecía calmarme y que todo volvía a la normalidad vomitaba. Lo siguiente que recuerdo son tres o cuatro escenas: alrededor de las 2:30 de la madrugada se nos acercó para invitarnos un cigarro deforme, oscuro y sin filtro, yo acepté. Luego recuerdo que Diego me abrazó y yo lo espanté. Después aparecimos a la orilla del mar entre un océano de personas que saltaban eufóricas frente a un escenario, a mi lado estaba Diego y él, quien nos invitó aquel cigarrillo extraño. Hasta ese momento no recordaba más.

Cuando lo vi casi desnudo no supe cómo reaccionar, desgraciadamente podía imaginarme por qué estábamos los dos en ese cuarto en las mismas condiciones. Diego se acercó a la cama y me dio la mano para ayudarme, cuando me levanté casi no pude mantenerme en pie por lo que tuve que sostenerme de su torso para luego sentarme. Antes de pronunciar palabra alguna, Diego se inclinó lentamente e intentó besarme, lo repelé rápidamente con mis manos y le pregunté qué estaba haciendo, qué era lo que estaba pasando. Era todo tan extraño, me puse como un energúmeno lo insulté desde cabro hasta asqueroso y lo mandé a mierda, me dijo que no me relajara que no se lo iba a decir a nadie, luego se rió a carcajadas preguntándose “cabro yo”, me sentí tristemente estúpido. Le pregunté qué es lo que había pasado, por qué había intentado besarme. Dijo que lo que pasó esa noche quedaba entre nosotros. Yo aterrorizado le pregunté qué es lo que había pasado y comenzó a contármelo todo.

Diego me dijo que acepté ese maldito cigarro oscuro, deforme y sin filtro de Arturo, uno de sus amigos, y que lo fumé sin saber a ciencia cierta lo que era. Cuando Diego me dijo que estaba fumando marihuana simplemente me reí y fue entonces cuando me dijo que iría a un reif en una playa de Miraflores a celebrar el cumpleaños de Renzo, “el vegetariano”, me dijo que lo despidiera de sus amigos, pero yo dije que quería ir con ellos. Hace meses que no iba a una de esas fiestas. Ellos gritaron chocando sus cabezas, luego sin despedirnos de alguien salimos eufóricos. La marihuana nos puso a mil por hora. Subimos al auto de Arturo y fuimos a toda velocidad por la Costa Verde, camino a la dichosa playa. En una de las curvas, cerca a una playa, había un escenario y un mar de gente saltando eufóricos, cuando estábamos pasándolos Diego me dijo que yo quería conducir y que me acercaba al lado de Arturo para tomar el timón y provoqué que nos salgamos varias veces del carril. Arturo solo me empujaba y nos reíamos como locos pero en mi último intento sucedió algo que no esperábamos y que en realidad nadie espera que suceda, desgraciadamente una de las personas que saltaba frente al escenario se cruzó en nuestro camino o mejor dicho nos cruzamos en su camino. Con Arturo al volante y yo molestándolo lo atropellamos y arrojamos más de seis metros a una velocidad superior a los 115km/h. Nos detuvimos, pero no bajamos del carro, estábamos muy asustados y no sabíamos qué hacer, los segundos parecían horas, de seguro que la policía nos iba a meter presos dijo Diego, estábamos conduciendo ebrios y drogados. No estoy ebrio mierda, dijo Arturo. Pero estás más duro que una piedra le dije. Arturo y Diego me dijeron que fue mi culpa. Fue entonces que el pánico se apoderó de nosotros, pero en especial de mí. Empezamos a echarnos la culpa el uno al otro hasta que un silencio ensordecedor invadió el auto e hizo que nos miremos el uno al otro a los ojos. Acelera, acelera mierda dijo Diego, no viene nadie y si nos quedamos nos cagan, acelera. Sí arranca le dije, vámonos. Corre, corre antes de que alguien se dé cuenta. Arturo pisó el acelerador y nos fuimos sin algún reparo, Diego sacó su pipa magistral y empezamos a reírnos como nunca, nos faltaba el aire y yo no podía contener la marihuana en los pulmones. No desperdicies mierda, me dijo Arturo y pegó un grito enorme. Diego dijo que da igual un serrano más o uno menos, para lo que valen carajo. Luego se vuelven presidentes dijo Arturo. Nos matamos a carcajadas y seguimos.

Cuando llegamos al dichoso reif, Arturo nos dijo que bajáramos y saludáramos al vegetariano de su parte porque se iba a su casa, el carro estaba abollado y no quería problemas. Arturo se fue a toda velocidad y sin mirar atrás. Diego y yo nos mezclamos entre la gente buscando al vegetariano para saludarlo y seguir la fiesta. La droga a esas alturas ya me había causado grandes daños. No recordaba nada de lo que me contaba Diego.

Luego me dijo que yo quería probar éxtasis pero no me lo permitió, aunque no se lo creí del todo asentí con la cabeza para que siguiera con la historia. Me dijo que yo quería probar éxtasis porque en este tipo de fiestas es muy común y no quería quedarme atrás, como si consumirla fuera una hazaña heroica. De un momento a otro me quería separar de todos, alrededor de las cuatro de la mañana quería irme de la fiesta, pero no podía ir a mi casa porque mis padres definitivamente me iban a castigar y a dar la charla en ese mismo momento y lo que deseaba era descansar hasta que me pasara el efecto del trago y la marihuana. En ese momento, mientras Diego me contaba las cosas recordé todo lo que pasó. Le dije que se callara, sentí un dolor enorme en la cabeza que me hizo retorcerme en la cama, Diego se me acercó y me trató de reponer. Fue inútil. Diego no sabía qué hacer, me trajo un vaso con agua de caño, pero se lo tiré, luego me senté y mi cuerpo empezó a temblar; supuse que fue por los efectos de la droga, pero luego de meditarlo estoy seguro que fue por lo que había pasado en ese cuarto pocas horas antes de despertar. Le dije a Diego que era un hijo de puta y para colmo maricón, desplegué contra él una serie de adjetivos infames mientras se vestía sin decir palabra alguna.

En el cuarto recordé que después de la fiesta quise tomar un taxi en la acosta verde para irme a un hotel cualquiera y descansar hasta que se me pasaran los efectos. Diego me acompaño para embarcarme, recuerdo que en el camino me dijo que me acompañaría a mi casa, le dije que no iba a ir a mi casa sino a un hotel en la Arequipa, donde está más barato el hospedaje. Cuando llegamos a la pista grande los pocos taxis que pasaban iban de frente, no me hacían caso, me tambaleaba demasiado y no podía ver bien, casi me caigo al suelo dos veces, de no ser por Diego me hubiera hecho daño. Luego de unos minutos Diego para un taxi y subimos, yo no sabía exactamente a dónde íbamos. Me dijo que no me preocupara, que mis viejos no me iban a regañar, iba a llamar a mis papás para decirles que íbamos a su casa a descansar y que mañana temprano yo regresaría. Diego saca su teléfono y marca a mi casa, yo le digo que no, que no llame porque iba a ser peor, mejor si no les digo nada y mañana temprano se los explico todo. Diego ya había marcado y estaba esperando que contesten, yo me alteré y lo golpeé en su mano para que botara el celular, el celular calló en el asiento y Diego, eufórico, me arrinconó entre el asiento y la puerta, estaba en una posición verdaderamente incómoda, me dijo que me calmara sino no me iba a ayudar. En ese momento escuchamos que alguien hablaba desde su celular, era mi papá, Diego me soltó para coger su teléfono, pero yo, antes de que él contestara, se lo quito de las manos y lo tiro fuera del auto. Nos quedamos atónitos. Diego se enfurece y me tira un puñete que me hace sangrar de la nariz y la boca, yo me quedé tranquilo y no nos dijimos nada hasta llegar a un hotel en la cuadra 16 de la avenida Arequipa.

Luego que terminó de vestirse me dijo y ahora qué, ¿Ya recordaste?, pues bien, te felicito, ahora cuéntaselo a todos para ser el hazme reír por los próximos tres años. Le dije que se esperara y empecé a decirle lo que recordé.

Bajamos del taxi y entramos al hotel, Diego pagó y dio sus documentos, yo estaba parado al lado de las escaleras. Cuando le dieron las llaves de la habitación subimos hasta el tercer piso y entramos a un cuarto, que le dijeron era el único que tenían. Entramos y yo caí rendido sobre la cama que era tan dura y deforme como una piedra, Diego se quitó los zapatos y su camisa para echarse. Empezamos a comentar todo lo que habíamos hecho desde la fiesta en la discoteca hasta el pleito en el taxi. Todo pasa, dijo en tono conciliador. En ese momento le pedí disculpas por su celular, me dijo que ya no importaba. Entonces, él, con los brazos debajo de su nuca y, yo con los míos sobre mi pecho, se me acerca lentamente mirándome fijamente a los ojos y me besa, yo correspondí sin saber exactamente lo que hacía. Luego de separarnos nos pusimos nerviosos, nuestros labios empezaron a temblar, nuestras pupilas se dilataron, nos mirábamos los ojos, los labios y el pecho de manera intercalada y casi siempre evitando mirarnos simultáneamente a los ojos. En ese momento me abalancé sobre él y nos besamos cual pareja impedida de amarse por razones ajenas a ellos, cogió mis manos y la puso en su dorso, después me quitó la camisa y continuamos besándonos hasta estar casi desnudos. Nuestros cuerpos se acariciaban por si solos y nuestras manos estaban en la nuca del otro. No paramos hasta que nuestros cuerpos no resistieron más la sobre excitación y quedamos rendidos uno al lado del otro con nuestros brazos entrelazados.

Definitivamente era la primera vez que tomaba alcohol en exceso y a la vez me drogaba con marihuana, actué en una forma descontrolada y, que en el momento simplemente no medía las consecuencias que podía causar. Quizás habíamos matado a alguien y esa idea me atormentaba. Diego llegó a salir de la habitación pero antes dijo que solo fue por pasar el rato, fue el alcohol y la marihuana, era la primera vez que besaba a un hombre y no estaba seguro de ser gay, luego cerró la puerta y pensé si yo lo era.

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Un Desbande atroz

El ambiente era frio, como suelen ser los inviernos de Lima. Desperté en un cuarto con las cortinas cerradas que no permitían el paso de los primero rayos de luz a las 9am. Para mí las 9 de la mañana era temprano, pues recién despertaba y consideraba que esos eran los primeros rayos, lo primero que vi al abrir los ojos fue una cortina verde con bobos antiguos que me hicieron recordar la sala de mi abuela, cerré los ojos y luego me vi reflejado en un espejo enorme de forma ovoide sobre la cama, una cama de resortes antiguos, que chillaban con tan solo apoyarme en un lado, el colchón húmedo y dos almohadas duras como una piedra. Delante de la cama estaba la puerta del baño que tenía una rajadura en la parte inferior y al costado un ropero donde puede ver mi ropa. Cuando intenté levantarme de la cama fracasé y caí, la cabeza me daba vueltas, en el segundo intento escuché una voz que dijo que necesitaría ayuda.
Volteé a la derecha y vi a Diego, sentado en una silla de madera, sin polo, con medias blancas, su cadena de oro en el cuello, un poco más abajo, en el pecho, tenía un rasguño largo, al parecer provocado por las uñas de alguien, además tenía un cigarro encendido en la mano. Era extraño que no oliera el humo. Diego era la última persona que recuerdo haber visto casi al término de la fiesta en la discoteca y supongo era el término porque no volví a abrir los ojos hasta hoy en este cuarto. Esa discoteca era siempre el punto de encuentro de todos mis amigos del barrio y de la universidad. Estábamos bailando y tomando, pero recuerdo muy bien que se nos acercó para invitarnos un cigarro deforme, oscuro y sin filtro, yo acepté y luego Diego me abrazó, lo espanté y luego recuerdo que estábamos a la orilla del mar entre un océano de personas que saltaban eufóricas frente a un escenario, a mi lado estaba Diego y él. No recuerdo más.

Cuando lo vi casi desnudo no supe cómo reaccionar, no me imaginaba porqué estábamos los dos en ese cuarto en las mismas condiciones. Diego se acercó a la cama y me dio la mano para ayudarme, cuando me levanté casi no pude mantenerme en pie por lo que tuve que sostenerme de su torso para luego sentarme. Antes de pronunciar palabra alguna intentó besarme, lo repelé rápidamente con mis manos y le dije qué estaba haciendo, qué le pasaba. Me dijo que no me preocupara que no se lo iba a decir a nadie, que lo que pasó esa noche quedaba entre nosotros. Yo aterrorizado le pregunté qué es lo que había pasado y comenzó a contármelo todo.
Diego me dijo que acepté ese cigarro oscuro, deforme y sin filtro de Arturo, uno de sus amigos, y que lo fumé sin saber a ciencia cierta lo que era, cuando Diego me dijo que estaba fumando marihuana simplemente me reí y fue entonces cuando me dijo que iríamos un reif en una playa de Miraflores a celebrar el cumpleaños de Renzo y Omar, otros dos amigos suyos, acepté y salimos sin despedirnos de los demás, subimos al auto de Arturo y fuimos a toda velocidad hasta llegar a la dichosa playa. Diego me contó también que yo quería probar éxtasis pero no me lo permitió, aunque no se lo creo del todo asentí con la cabeza, luego prosiguió y dijo que yo decía que esa droga es la qué más se consume en este tipo de fiestas, luego, de un momento a otro solo quería separarme del grupo, como a las cuatro de la mañana, quería irme de la fiesta pero que no podía ir a mi casa porque mis padres definitivamente me iban a castigar y dar la charla en ese mismo momento y lo que deseaba era descansar hasta que me pasara el efecto del trago y la marihuana. En ese momento recordé todo lo que pasó y le dije a Diego que era un maricón, desplegué contra él una serie de adjetivos infames y lo miraba mientras se ponía su ropa sin decir palabra alguna.

En el cuarto recordé que después de la fiesta quise tomar un taxi en la acosta verde y Diego me acompaño para embarcarme, recuerdo que quería ir a un hotel cualquiera en la avenida Arequipa, donde está más barato el hospedaje, cuando paré el taxi y acepto llevarme Diego dijo que vendría conmigo yo solo entré al taxi y diego subió después de mi, fuimos hasta la cuadra catorce de la Arequipa y entramos al hotel, Diego entró y pagó por adelantado, le dieron la llave y subimos, entramos al cuarto y solo vi una cama, estaba rendido así que caí sobre ella. Diego se echó a mi costado y me besó, recuerdo que correspondí y como si él fuera una fémina le quité la ropa llegando a un punto de excitación moderado, luego nos quedamos dormidos.

Definitivamente era la primera vez que tomaba alcohol en exceso y a la vez probé marihuana, actué en una forma descontrolada y que en el momento simplemente no me daba cuenta de las cosas que hacía. Diego llegó a salir de la habitación pero antes dijo que solo fue por pasar el rato y que no está seguro de ser gay, yo lo miré y pensé si yo lo era.